El pasado sábado 29 de noviembre pude disfrutar en Madrid del Espectáculo El Circo del Sol. Recalco las merecidas mayúsculas que le he adjudicado porque esa es la mejor explicación de lo que sucedió en la Gran Carpa situada en la Casa de Campo: un verdadero espectáculo.
La redefinición del divertimento, la resurrección de un arte circense en decadencia, ya no es necesario utilizar animales, no se echan de menos, ¿Para qué?. Lo han conseguido, han destruido estereotipos y lo han reconstruido desde lo más profundo: es la esencia del entretenimiento y del arte, es el deleite y la sonrisa permanente de un público entregado que contempla maravillado un colorido amalgama de coreografías, piruetas y bailes. No sólo eso, es eso y mucho más.
La elasticidad, el riesgo de números en el trapecio o con una red. La reencarnación de un Nureyev de blanco rozando la perfección con la única ayuda de una red. Un malabarista imposible, unos niños orientales elásticos y precisos como relojes suizos. arriba en el trapecio el rigor, abajo lo sublime, todos los presentes, mayores y niños, absortos en la contemplación, ¿se puede pedir más? Y el final, no se puede explicar el número de los columpios, parece que detengan las leyes de la gravedad en ese centro de magia que es el escenario.
Imposible la definición de lo allí vivido, hay que verlo, y sentirlo, es emocionante. Siempre encontramos algún pero: los veinticinco minutos de descanso excesivos, las sillas podrían ser más cómodas, palomitas y agua 7 euros pero... ¿quién se va a acordar de eso? |